miércoles, 20 de diciembre de 2017

El idioma analítico de John Wilkins - Jorge Luis Borges (ensayo)

Jorge Luis Borges. Foto: Museo Nacional de Bellas Artes


«El idioma analítico de John Wilkins» forma parte de Otras inquisiciones, libro de ensayos de Jorge Luis Borges publicado en 1952.


El idioma analítico de John Wilkins



He comprobado que la decimocuarta edición de la Encyclopaedia Britannica suprime el artículo sobre John Wilkins. Esa omisión es justa, si recordamos la trivialidad del artículo (veinte renglones de meras circunstancias biográficas: Wilkins nació en 1614, Wilkins murió en 1672, Wilkins fue capellán de Carlos Luis, príncipe italiano; Wilkins fue nombrado rector de uno de los colegios Oxford, Wilkins fue el primer secretario de la Real Sociedad de Londres, etc.); es culpable, si consideramos la obra especulativa de Wilkins. Éste abundó en felices curiosidades: le interesaron la teología, la criptografía, la música, la fabricación de colmenas transparentes, el curso de un planeta invisible, la posibilidad de un viaje a la luna, la posibilidad y los principios de un lenguaje mundial. A este último problema dedicó el libro An Essay Towards a Real Character and a Philosophical Language (600 páginas en cuarto mayor, 1668). No hay ejemplares de ese libro en nuestra Biblioteca Nacional; he interrogado, para redactar esta nota, The life and Times of John Wilkins (1910), de P. A. Wrigh Henderson; el Woertebuch der Philosophie (1924), de Fritz Mathner; Delphos (1935), de E. Sylvia Pankhurst; Dangerous Thoughts (1939), de Lancelot Hogben.
     Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables que una dama, con acopio de interjecciones y de anacolutos jura que la palabra luna es más (o menos) expresiva que la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras descompuestas y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (sin excluir el volapük Johann Martin Schleyer y la romántica interlingua de Peano) son igualmente inexpresivos. No hay edición de la Gramática de la Real Academia que no pondere “el envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y expresivas de la riquísima lengua española”, pero se trata de una mera jactancia, sin corroboración. Por lo pronto, esa misma Real Academia elabora cada tantos años un diccionario, que define las voces del español… En el idioma universal que ideó Wilkins al promediar el siglo XVII, cada palabra se define a sí misma. Descartes, en una epístola fechada en noviembre de 1629, ya había anotado que mediante el sistema decimal de numeración, podemos aprender en un solo día a nombrar todas las cantidades hasta el infinito y a escribirlas en un idioma nuevo que es el de los guarismos; también había propuesto la formación de un idioma análogo, general, que organizara y abarcara todos los pensamientos humanos. John Wilkins, hacia 1664, acometió esa empresa.
     Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama. En el idioma análogo de Letellier (1850) a, quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino; etc. En el Bonifacio Sotos Ochando (1854), imaba, quiere decir edificio; imaca, serrallo; image, hospital; imafo, lazareto; imarri, casa; imaru, quinta; imedo, poste; imede, pilar; imego, suelo; imela, techo; imogo, ventana; bire, encuadernador; birer, encuadernar. (Debo este último censo a un libro impreso en Buenos Aires en 1886: el Curso de lengua universal, del doctor Pedro Mata).
     Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner observa que los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después en el colegio, descubrirán que es también una clave universal y una enciclopedia secreta.
     Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparente (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría. Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: “Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias.”
     He registrado las arbitrariedades de Wilkins, del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. “El mundo -escribe David Hume- es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto” (Dialogues Concerning Natural Religion, V. 1779). Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios.
     La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo, no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisorios. El idioma analítico de Wilkins no es el menos admirable de ésos esquemas. Los géneros y especies que lo componen son contradictorios y vagos; el artificio de que las letras de las palabras indiquen subdivisiones y divisiones es, sin duda, ingenioso. La palabra salmón no nos dice nada; Zana, la voz correspondiente; delfine (para el hombre versado en las cuarenta categorías y en los géneros de esas categorías) un pez escamoso, fluvial, de carne rojiza. Teóricamente, no es inconcebible un idioma donde el hombre de cada ser indicara todos los pormenores de su destino, pasado y venidero.)
     Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se ha escrito son estas palabras de Chesterton: “El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal… cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo” (G.F.Watts, pág.88, 1904).

jueves, 7 de diciembre de 2017

Diálogo en torno a dos obras sobre psiquiatría y el Manicomio La Castañeda




Mañana, viernes 8 de diciembre, se llevará a cabo un diálogo sobre los libros Los pacientes del Manicomio La Castañeda y sus diagnósticos y La psiquiatría más allá de sus fronterasambos publicados este año por el IIH y coordinados por el doctor Andrés Ríos Molina, a las 17 horas en el Salón Académico del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (Circuito Mario de la Cueva S/n, Coyoacán, Ciudad Universitaria). Participarán Cristina Sacristán, el propio Andrés Ríos Molina, José Antonio Maya y Rebeca Monroy Nasr.





Me interesa especialmente el primero de ellos porque el proyecto de ficción en el que estoy trabajando actualmente está basado en casos reales de pacientes de La Castañeda, así que esta interesante obra no pudo ser publicada en mejor momento.



martes, 5 de diciembre de 2017

Los nuevos aeroplanos: narrativa




Quedan todos cordialmente invitados a la lectura que realizaremos seis narradores el jueves 7 de diciembre a las 19:00 horas en la Casa del Poeta Ramón López Velarde (avenida Álvaro Obregón 73, Roma Norte, CDMX).

El evento Los nuevos aeroplanos: narrativa es organizado por Cuadrivio Ediciones.

¡Hasta entonces!






lunes, 4 de diciembre de 2017

Territorio ficción - Antología de cuento joven





La Dirección General de Educación Superior para Profesionales de la Educación acaba de publicar tres libros, uno de ellos es Territorio ficción. Antología de cuento joven (DGESPE,2017). El maestro y escritor Édgar Omar Avilés coordinó este genial proyecto cultural de fomento a la lectura.

Los libros en papel se distribuirán en las Escuelas Normales, y el formato en PDF está disponible de forma gratuita en la página de la Gaceta Somos Normalistas de la DGESPE, donde también encontrarán la antología Parkour pop.ético. Poetas jóvenes de México Cuentos del insomnio de Héctor Alvarado Díaz. 

Parkour pop.ético (coordinada por Armando Salgado y José Agustín Solórzano) y Territorio ficción (coordinada por Alfredo Carrera y Víctor Solorio) reúnen poesía y narrativa, respectivamente, de más de cien autores jóvenes de México como Alejandro Badillo, Iliana Vargas, Luis Panini, Gabriel Rodriguez Liceaga, Raquel Castro, Iván Farías, Julian Mitre, Aniela Rodríguez, Mariana Orantes, Fernando Trejo, Alejandro Paniagua, Daniel Medina, Rafael Villegas, Cecilia Magaña, Edna Montes y Ronnie Medellin.

Tuve la fortuna de ser seleccionada para Territorio ficción: mi cuento, «Música de fondo» (página 63), es una historia breve de dos adolescentes que gira en torno al suicidio.

Para concluir, transcribo el bellísimo prólogo de Carrera y Solorio.



Bienvenido a
Territorio ficción


Más de una vez hemos sentido que somos personajes de un cuento o hemos creído que nuestra vida es única y digna de ser leída. Esta sensación puede estar llena de preocupación, alegrías, dudas, extrañeza, etc. Cuando así nos pasa, nos preguntamos: ¿qué pasará en la siguiente página de nuestra vida?

La ficción es aquello que no ha sucedido, pero en lo que, de igual forma, podemos encontrarnos. Los escritores parten de su experiencia para crear historias desde sus universos propios. Algunas veces son historias que tratan de la vida del narrador; a veces, de alguien más; otras, son algo intermedio o nacen de la imaginación más frenética. En todas estas formas hay dos planos, y la realidad y la ficción se cruzan infinidad de veces. Los personajes de los cuentos, mientras los leemos, se sientan a nuestro lado y nosotros vivimos como ellos, los acompañamos y nos acompañan. Los seres humanos somos parte de una gran ficción, complejísima, llamada vida, donde los sueños son parte del día a día. Por eso la lectura debe de ser parte de nosotros, porque ahí nos podemos encontrar. Las páginas son espejos de papel. Puertas de papel. Ríos de tinta.

En los cuentos que aquí se incluyen, el mundo cae en decadencia y se alza en lo sublime; pero ambas cimas pueden ser simas (sí, con ese), todo depende de dónde estemos pisando o con los zapatos de quién. Cada cuento no se termina de escribir hasta que es leído. En nuestra cabeza, desde nuestro ser, se acaba de escribir; reconfiguramos las historias, siempre, porque los personajes se deciden o toman salidas que no habían elegido, se arriesgan y las consecuencias son otras según el punto de vista y la experiencia de vida del lector.

Los cuentos que integran este territorio que estás por pisar, son una ventana, una puerta o una casa, ya serás tú el que decida cómo gozarlos, cruzarlos y habitarlos. 

La juventud da más gasolina que cualquier otra etapa de la vida, nos empuja a saltar, a cruzar la barda, a accionar el interruptor. Que sea la lectura un motor en la carretera de tu existencia. Sé bienvenido a Territorio ficción.


Alfredo Carrera y Víctor Solorio Reyes

jueves, 30 de noviembre de 2017

Alta costura - Beatriz Espejo (cuento)

Beatriz Espejo



Beatriz Espejo (escritora mexicana, 1939) es autora del libro Alta costura (Tusquets, 1997), obra por la que recibió el Premio Nacional de Cuento 1996 y al que pertenece esta historia homónima.



Alta costura 


Cuando llega esa mañana al taller de Poiret, Roma Chatov no sospecha siquiera que empieza a ser un instrumento de Dios. Se dirige al rincón donde se apoyan contra la pared los pesados tubos que envuelven el crepé de seda. Hace a un lado el azul índigo, el blanco helenio y atrae hacia sí el rojo sangre. Rectifica el ancho, uno veinte. Será un chal magnífico, piensa. Lo confeccionaré por entero, aunque reflexionándolo bien quizá convendría pasárselo a una bordadora para que cosiera las orillas; pero todas trabajan atareadas en los elaborados diseños del maestro. 

       Urge terminar los trajes que usarán la duquesa de Guiche y madame Castellane en la recepción ofrecida por los polignac la semana entrante. Así pues Roma regresa con su tela y se sienta junto a una ventana buscando la mejor luz del día. Gira el carrusel de carretes, elige un hilo de tono idéntico e inicia hábilmente la hilera de puntadas escondidas bajo el doblez. Fue parte de su entrenamiento ejecutar cualquier tarea relacionada con el oficio, aunque se especializa en la pintura de gasas, rasos que llevan ramos de violetas, faroles chinescos, manojos de corolas y pistilos o prismas y rectángulos en el más puro estilo art-decó; pero ahora da impulso a su imaginación sin obligarse a las exigencias de un modelo. Dibujará una golondrina fantástica que se remonte al cielo, metáfora clara, homenaje para aquella impredecible que intentaba volar y a quien sólo vio una vez en pleno descenso. 

       Roma Chatov la recuerda con sensaciones contradictorias. Había acompañado a Poiret que, por deferencia a una de sus clientas más famosas y leales, aceptó complementar la escenografía de una velada dancística; algunos telones azules de diferentes matices, hojas de acanto y cirios encendidos en lugares estratégicos. Entre los contados concurrentes varios intelectuales. La pequeña Roma Chatov, recién llegada de Moscú, los reconoció fácilmente. Son personas célebres y sus fotografías aparecen en periódicos y revistas que ella hojea como parte de una educación mundana. Será pájaro. Sí, un pájaro fantástico y amarillo con las alas abiertas de un extremo a otro del rectángulo. Se repartía champán en esbeltas copas burbujeantes y se escuchaban trozos de conversaciones divertidas.

    Jean Negulesco le confesó a Rex Ingram que encontraba prodigiosa la iluminación. Otros comentaban, bajando la voz, que la anfitriona había dejado atrás sus triunfos, no era ni su sombra. El peso de los años y el de la tragedia ya no le permitían despegarse del suelo. Las alas extendidas abarcan el material encarnado y aún queda sitio para otros elementos que complementen la plasticidad de la figura. Ha quedado atrás la ninfa ingrávida que aplaudíamos rabiosamente por la originalidad de sus coreografías, comentó Marguerite Jamois. Sin embargo siempre podría darnos sorpresas, dijo Marie Laurecin. 

       Se escucharon las primeras notas de una sonata de Bach. Desde sus telones la bailarina surgió con una vela entre los dedos, el cabello suelto teñido de púrpura, descalza, cubierta por una toga blanca. Nadie supo cómo avanzó hasta el punto donde se hallaba, metida en su música escuchándola con unción, para si misma, ajena a sus invitados, al mundo tangible y cotidiano. Entregada a un rito del que era sacerdotisa única. Permanecía estática, imagen detenida, congelada por la cámara de un fotógrafo portentoso. Estaba ahí y estaba en otra parte. Luego, de manera insensible prendió uno tras otro doce candeleros colocados alrededor del piano. ¿Se mueve? ¿Se ha movido? preguntaban. Sus pies no parecían dar un paso, como si las pisadas obedecieran al ritmo interior de una armonía secreta. Tenía un halo de plata, una expresión demudada. ¿Seguía la música? ¿La música la seguía? Nadie lo hubiera asegurado, nadie cambiaba postura ni profería palabra por miedo a romper la magia; como si el silencio fuera respuesta al milagro producido hasta que ese encanto se esfumó en un acto de prestidigitación. 

       Sobre el crepé rojo el pájaro toma forma cercado por signos negros que semejan una caligrafía oriental y en realidad nada significan. Pausa breve. Las teclas de marfil se hundieron precipitando en la atmósfera una mazurca de Chopin. La danzarina coronada de rosas volvió semicubierta con una túnica traslúcida a la mitad de sus muslos desnudos. Ella, que hacía unos instantes recordaba el retrato que en el apogeo de su gloria le hizo Arnold Genthe, brazos en alto, cabeza hacia atrás, garganta ebúrnea. Ella, que minutos antes resucitaba la simplicidad perfecta de la escultura griega, se contorsionaba en un espectáculo grotesco. Resultaba obsceno su rostro hinchado por el alcohol, su escote sudoroso, las piernas celulíticas saltando pesadamente contra el piso, los brazos que alguna vez emularon guirnaldas de laurel y entonces simulaban aros circenses dispuestos para que saltaran dentro una camada de perrillos. Carreras absurdas, arriba y abajo del reducido espacio, y ubres colgantes que las transparencia revelaban impúdicamente. Gracia de avestruz, decrepitud precipitada en una resbaladilla. Redundante su respiración sonora, estertor producido por el esfuerzo. Un último brinco y se clavó con un pie al frente y las manos extendidas hacia los espectadores que suspiraron aliviados cuando la música cesó. 

      Después la ocultista se fue para vestirse dejando a sus amigos paralizados en sus respectivos lugares, sin abrir la boca o atreverse a cruzar miradas en la quietud silenciosa. Sentían vergüenza y culpabilidad cómplice de un crimen, el de haber constatado un derrumbe. Picasso, con las brasas de sus ojos fijas en el hueco que la bailarina había dejado, se sobresaltó con la voz puntiaguda de Jean Cocteau que silbó en el aire: admítelo, este genio ha matado la fealdad. 

       Al regresar, Poiret se negó a los comentarios y la pequeña Roma Chatov se quedó callada en la incomodidad del coche experimentando la despreocupada compasión que sienten las mujeres jóvenes por las que dejaron de serlo, y también queriendo solidarizarse contradictoriamente con quien intentó fundar una escuela para bailarinas pobres en su país de nieves remotas. Por eso ahora dibuja las plumas ficticias de un ave, el pico agresivo, el gordo pecho figurado en una línea, y decide enviarlo a Niza sin suponer que en el intrincado tapiz del destino ella es el hilo y la aguja, los colores, el pincel de Dios. Y sin saber tampoco que su bello, delicadísimo, poderoso, resistente regalo dobladito en albos papeles será el instrumento liberador con que Isadora Duncan morirá estrangulada.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Hibridaciones y desnacimientos (edición de Vozed)




Vozed cuenta con varias ediciones novedosas e interesantes, entre ellas las #intervenciones. En este mes publicó Hibridaciones y (des)nacimientos, editada por Enrique Urbina, en la que encontrarán textos intervenidos de Canek Zapata, Gabriela Damián, Roberto Cruz Arzabal y un cuento mío.

Estas hibridaciones son textos «alterados» con ciertos enlaces a videos, gifs, fotografías o entradas de otros sitios en internet que enriquecen la lectura de una manera sorprendente, y que incluso crean otros originales universos que surgen a partir de las ideas propuestas en las obras literarias.


Intervenciones (noviembre  2017) #literaturaDigital

Hibridaciones y (des)nacimientos

Toda #intervención tiene algo de exceso: se acerca (con lo grotesco y todo) al acto de un dios jugando con los hilos de una creación. Suya o de alguien más. Al final, se la apropia: si la literatura actúa en el vacío, en lo que no está, en lo que no se dice y, por lo tanto, en el hecho puro que va más allá de la constricción de la palabra, las #intervenciones llevan los ecos y atmósferas de los textos hacia regiones que ni el lector y el autor (que son lo mismo en este ejercicio) se imaginaban. Los textos toman consciencia y actúan.
Ocurren hibridaciones: se unen lenguajes distintos en especie y surgen piezas más que lecturas. Por eso, en esta nueva época de #intervenciones, donde Rodolfo JM me dio el honor de curar los textos que se avecinan, quise que, en esta primera entrega se explorara esa hibridación. Como tema sobre forma y/o visceversa. Siempre, en todo arte, incluso en el proceso de creación, la hay, pero la #intervención la muestra desnuda porque en sí misma es un objeto que nace, es y se encuentra suspendido entre lo artificial y orgánico. Tiene algo de estéril por su desescritura y algo orgánico por su lectura infinita.
Estamos planeando sobre terrenos no poco explorados, pero sí muy pantanosos y cambiantes; es necesario recorrerlos desde distintas formas y perspectivas. Por eso, estos cuatro autores y trabajos (jinetes digitales de un fin y comienzo simultáneo, en el peor de los casos) que dan (re)inicio a las #Intervenciones son muy diferentes entre sí. Y por eso funcionan.
Canek Zapata realiza, sublima y experimenta a través de el lenguaje que habitamos. Estudio sobre la historia de la fotografía I, Sherrie Lavine es un performance donde la imagen y palabra se invocan, pliegan sobre sí mismas y reescriben como teoría y arte. Ya no leemos la pieza, sino que, cuando se activa, somos a partir de ella.
Gabriela Damián, con La Calle en que crecí nos regala una entrañable memoria que es todas. Se clava en la carne multimedia y desnuda al tiempo: muestra que es un híbrido, nacido de sus propios hijos. Nos vacía y nos llena: es un espejo cóncavo donde nos vemos con otro rostro, uno hecho de muchos, que reconocemos muy bien. Lo virtual es lo real.
Roberto Arzabal nos recuerda que los textos son palpables. Con Materia e hibridez, breve ensayo y recorrido (material) por el término en cuestión, podemos acceder a una puerta, la primera entre muchas que hay en este tema. Nos muestra la entrada al laberinto.
Lola Ancira nos otorga una mirada sobre una mirada sobre una mirada. Con Circuito cerrado, cuento donde suceden empalmes de realidades, ojos y referencias, podemos ser y pensar El Ojo Que Todo Lo Ve, gran responsabilidad.
Queda, entonces, sumergirnos en las #intervenciones. Dejarnos ir. Infectarnos y ser otros. Ser híbridos.
Enrique Urbina, editor de #Intervenciones

martes, 28 de noviembre de 2017

Sleepwatcher - Luis Pérez de Sevilla





El miedo es una sensación natural que genera angustia debido a una amenaza o a un riesgo de cualquier tipo. La oscuridad representa un miedo primigenio porque era el refugio perfecto para los depredadores del hombre primitivo.

Actualmente los papeles se han invertido y somos la especie dominante del planeta; nuestros depredadores ya no pertenecen a la megafauna, sino a la ficción, son criaturas espeluznantes creadas por la fantasía: los monstruos, esos seres terroríficos que no necesariamente tienen tentáculos, pelo excesivo o largos colmillos y que incluso muchas veces sólo existen en la imaginación. Para el escritor Norman Mailer, los auténticos monstruos son quienes escriben las historias más agradables, de lo que se puede deducir que quienes se comportan de manera extraordinaria podrían ser, en la intimidad, los seres más atroces.

            Esta premisa se cumple en Sleepwatcher (Ediciones B, 2016) una novela policíaca de Luis Pérez de Sevilla (escritor español, 1979) que inicia con un epígrafe de Alejandro Dumas que describe a la perfección el desasosiego que genera lo ignorado: «No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor».

Los personajes y las tramas en las que se ven envueltos son descritos por un narrador omnisciente. Tres son los personajes principales: Daniel y Bryan, ambos hombres jóvenes que inician sus vidas profesionales, y el misterioso y temible Sleepwatcher, un ser aterrador que irrumpe en los dormitorios de las mujeres durante la madrugada para observarlas dormir.

Para el psiquiatra Carl Jung, la Sombra es la parte inconsciente de la personalidad y es representada a través de seres despreciables como monstruos y demonios. Precisamente las características del Sleepwatcher son la sombra que oculta su rostro, la agresión y los actos impulsivos relacionados con lo sexual, por lo que simboliza a la perfección la Sombra de Jung. El Sleepwatcher actúa conforme al principio del placer freudiano y el ansia de poder.

La novela inicia cuando Lourdes invita a Daniel, su hermano que vive en España, a visitarla en Canadá. A pesar de que ni siquiera se hablan desde hace años, Daniel decide realizar el viaje transatlántico sin dudarlo demasiado, pero esto no es una muestra de valentía, sino de su actitud contrafóbica: él no huye de lo que lo atemoriza, al contrario, se dirige a ello para encontrar respuestas, inicia una difícil búsqueda a la que no renuncia a pesar de lo aterrador que resulta en ocasiones. Enfrenta sus miedos esperando superarlos, confronta sus angustias para eliminarlas al tiempo que experimenta emociones fuertes. Actúa por instinto, y esto le añade a la novela una vorágine de sensaciones intensas que vuelven imposible abandonar la lectura.

A través de la mirada de Daniel conocemos la ciudad canadiense de Halifax, específicamente la zona de la Universidad de Dalhousie, y parte de su folclore. Descripciones precisas nos transportan al otoño de 2010, dos años después desde que las pesadillas de los residentes dejaron el terreno del inconsciente y se volvieron reales.




Halifax, Nueva Escocia


Conforme avanzan las páginas, las diferentes historias de los personajes se entrelazan sutilmente hasta quedar vinculadas por completo, y guiños de un pasado oscuro actúan como ganchos perfectos para el lector. Cada párrafo de los cuarenta y un capítulos intercalados ayuda a construir una trama perfectamente planeada que vincula desapariciones, secuestros, robos de cadáveres, una feroz venganza y ataques cada vez más terribles del Sleepwatcher.

Aunque varios capítulos funcionan perfectamente como una historia independiente, en conjunto aportan diferentes características del extraño criminal, y las visiones de todos los personajes nos ofrecen distintos ángulos para analizar un mismo hecho, crean conexiones y esclarecen el conflicto principal de la novela. La trama avanza a un ritmo constante gracias a las sucesivas acciones, y todos los personajes están bien construidos sin importar que sólo aparezcan en algunas páginas. En la parte final del libro, uno de los capítulos es un flashback crucial que muestra la razón que desata esta oleada tenebrosa de violencia.

La novela tiene ciertos visos de ficción histórica, pues el argumento principal está basado en una aparatosa colisión de un buque de Francia con un barco de Noruega que provocó una gran explosión y dejó miles de heridos y muertos en Halifax durante 1917. En esta novela, el autor juega con prácticas antiguas como la brujería, leyendas tradicionales como la del wendigo e historias reales como la del criminal Anatoly Moskvin.




Fotografía tras la explosión en Halifax


En cuanto a la brujería, incorporar un tema tan particular es fundamental para esta obra, ya que a través de este elemento el autor refleja supersticiones y fenómenos que incluyen ceremonias o ritos funestos rodeados de acontecimientos brutales en los que la ignorancia y la ambición llevan a realizar los actos más infames.

En la ficción, el terror es fascinante porque es irreal, entretiene, genera un miedo consciente y gratificante. Conocer lo monstruoso lleva a comprender mejor el origen de los miedos propios, y al desvelar las tribulaciones de los personajes de Sleepwatcher, surgen la empatía y la aflicción, mismas que desvanecen la incertidumbre y la tensión del lector.

Esta extensa novela reúne ciencia, historia, magia, un final abierto y prometedor y una esclarecedora e íntima nota del autor en la que especifica ciertas características de la obra que vuelven más íntima la experiencia de la lectura. Sleepwatcher es una novela sorprendente donde el misterio, las intrigas y las situaciones límite mantienen el suspenso hasta el punto final.


El pasado 18 de noviembre tuve el placer de presentar esta novela junto al autor, y desde el sábado 25 que inició la FIL de Guadalajara, Luis estuvo visitando en el stand de Ediciones B para conversar con los lectores.

Para conocer más sobre su proceso creativo, sus autores y lecturas favoritos y el universo del Sleepwatcher, pueden leer las entrevistas publicadas en los blogs El aventurero de papel, La morada del Búho Lector y La boca del libro. En la página www.sleepwatcher.org también pueden acceder a más noticias sobre el autor y su obra.

El libro está a la venta en Librerías GandhiEl SótanoPéndulo Amazon.