miércoles, 25 de abril de 2018

Lumbre entre las hojas - Encuentro de poetas y narradoras queretanas




El lunes 23 inició el encuentro de poetas y narradoras queretanas «Lumbre entre las hojas», una serie de eventos culturales que buscan acercar la literatura a la población. Municipios como San Juan del Río, Amealco, Tequisquiapan y Tolimán están contemplados en el programa.

El sábado y el domingo habrá mesas de lectura de poesía y de narrativa en la Galería Libertad, en el centro de Querétaro, a las 17:00 y 18:30 horas, respectivamente. Participaré en la mesa de narrativa del sábado.






Lumbre entre las hojas

Encuentro de Poetas y Narradoras Queretanas

Encuentro de Poetas y Narradoras Queretanas "Lumbre entre las hojas"
Del 23 al 29 de abril
Entrada libre

Este año, dando consecutividad al lineamiento de descentralizar la cultura, “Lumbre entre las hojas” se suma a las actividades artísticas y culturales que la Secretaría de Cultura promoverá en los distintos municipios, llevando a más personas la oportunidad de tener cercanía con las artistas literarias que están haciendo historia viva, inmersa en sus relatos y en sus versos, compartiendo emociones, sustancialidades y viviencias y conectando al espectador con un lenguaje que puede ser inspiración de nuevos talentos literarios.

lunes, 23 de abril de 2018

Ptosis - Guadalupe Nettel (cuento)

Guadalupe Nettel



«Ptosis» es un cuento increíble que forma parte del libro Pétalos (Anagrama, 2008) de la escritora mexicana Guadalupe Nettel.


Ptosis


El trabajo de mi padre, como muchos en esta ciudad, es un empleo parasitario. Fotógrafo de profesión, se habría muerto de hambre –y con él toda la familia– de no haber sido por la propuesta generosa del doctor Ruellan, que, además de un salario decente, le otorgó a su impredecible inspiración la posibilidad de concentrarse en una tarea mecánica, sin mayores complicaciones. El doctor Ruellan es el mejor cirujano de párpados de París, opera en el Hôpital des 15/20 y su clientela es inagotable. Algunos pacientes prefieren incluso esperar un año para obtener una cita con él en vez de optar por un médico de menos renombre. Antes de intervenir, nuestro benefactor le exige a sus pacientes dos series de fotografías: la primera consiste en cinco tomas cercanas –de ojos cerrados y abiertos– para que quede constancia de su estado antes de la operación. La segunda se lleva a cabo una vez practicada la cirugía, cuando la herida ya ha cicatrizado. Es decir que, por más satisfactorio que les parezca el trabajo, vemos a nuestros clientes solo dos veces en la vida. Aunque en ocasiones ocurre que el doctor comete alguna falla –nadie, ni siquiera él, es perfecto–: un ojo queda más cerrado que el otro o, por el contrario, demasiado abierto. Entonces la persona se vuelve a presentar para que le tomemos una nueva serie por la cual pagará otros trescientos euros, pues mi padre no tiene la culpa de los errores médicos. A pesar de lo que pueda pensarse, las cirugías de los párpados son muy frecuentes y sus razones innumerables, comenzando por los estragos de la edad, la vanidad de la gente que no soporta las marcas de vejez en el rostro; pero también los accidentes de coche, que a menudo desfiguran a los pasajeros, las explosiones, los incendios y otra serie de imprevistos: la piel de un párpado es de una delicadeza insospechada.

En nuestro negocio, cercano a la Place Gambetta, mi padre tiene enmarcadas algunas fotografías que tomó durante su juventud: un puente medieval, una gitana tendiendo ropa junto a su remolque o una escultura expuesta en el jardín de Luxemburgo, con la que ganó un premio juvenil en la ciudad de Rennes. Basta verlas para saber que, en una época muy lejana, el viejo tenía talento. Mi padre también conserva en sus paredes obras de factura más reciente: el rostro de un niño muy bello que murió en el quirófano de Ruellan (un problema de anestesia), cuyo cuerpo resplandece en la mesa de operaciones, bañado por una luz muy clara, casi celestial, que entra de manera oblicua por una de las ventanas.

Comencé a trabajar en el estudio a la edad de quince años, cuando decidí dejar la escuela. Mi padre necesitaba un ayudante y me incorporó a su equipo. Aprendí entonces el oficio de fotógrafo médico especializado en oftalmología. Aunque después, con el paso del tiempo, me fui encargando de las labores de oficina, entre ellas la contabilidad del negocio. Pocas veces he salido a la ciudad o al campo en busca de una escena que inspire a mi veleidoso lente. Cuando paseo, generalmente lo hago sin la cámara, ya sea porque se me olvida o por miedo a perderla. Confieso sin embargo que a menudo, mientras camino por la calle o los pasillos de algún edificio, siento deseos repentinos de tomar una foto, no de paisajes o puentes como hizo alguna vez mi viejo, sino de párpados insólitos que de cuando en cuando detecto entre la multitud. Esa parte del cuerpo que he visto desde la infancia, y por la que jamás he sentido ni un atisbo de hartazgo, me resulta fascinante. Exhibida y oculta de manera intermitente, obliga a permanecer alerta para descubrir algo que de verdad valga la pena. El fotógrafo debe evitar parpadear al mismo tiempo que el sujeto de estudio y capturar el momento en que el ojo se cierra como una ostra juguetona. He llegado a creer que para eso se necesita una intuición especial, como la de un cazador de insectos, no creo que haya mucha diferencia entre un aleteo y un batir de pestañas.

Me cuento entre el escaso porcentaje de la gente a la que le apasiona su trabajo y, en ese sentido, me considero afortunado. Pero esto no debe causar confusiones: nuestro oficio tiene algunos inconvenientes. Por el estudio pasa toda clase de individuos, la mayoría de las veces en situaciones desesperadas. Los párpados que llegan hasta aquí son casi todos horribles, cuando no causan malestar, dan lástima. No es gratuito que sus dueños prefieran operarse. Al transcurrir los dos meses de convalecencia, cuando los pacientes, ya transformados, regresan por la segunda serie fotográfica, respiramos con alivio. Esa mejoría pocas veces alcanza el cien por ciento pero cambia por completo un rostro, su expresión, su gesto permanente. En apariencia los ojos quedan más equilibrados, sin embargo, cuando uno mira bien –y sobre todo cuando ha visto ya miles de rostros modificados por la misma mano–, descubre algo abominable: de algún modo, todos ellos se parecen. Es como si el doctor Ruellan imprimiera una marca distintiva en sus pacientes, un sello tenue pero inconfundible.

A pesar de los placeres que otorga, esta profesión, como cualquier otra, termina causando indiferencia. Recuerdo haber visto pocos casos verdaderamente memorables en nuestro establecimiento. Cuando esto ocurre, me acerco a mi padre, que prepara la película en la trastienda, y le pido al oído que me deje disparar el obturador. Él siempre accede, aunque sin entender la razón de mi súbito interés. Uno de esos hallazgos ocurrió hace menos de un año, en el mes de noviembre. Durante el invierno, el estudio, situado en la planta baja de una antigua fábrica, se vuelve insoportablemente húmedo y es preferible salir a la intemperie que permanecer en esa cueva gélida y oscura por las necesidades del oficio. Mi padre no estaba esa tarde y yo, muerto de frío junto a la puerta, me entretenía con las indecisiones de la lluvia mientras maldecía a una clienta que tenía más de un cuarto de hora de retraso. Cuando su silueta apareció por fin detrás de la reja, me sorprendió que fuera tan joven, debía de haber cumplido cuando mucho veinte años. Un gorro negro, impermeable, le cubría la cabeza y dejaba resbalar las gotas por su cabello largo. Su párpado izquierdo estaba unos tres milímetros más cerrado que el derecho. Ambos tenían una mirada soñadora, pero el izquierdo mostraba una sensualidad anormal, parecía pesarle. Al mirarla me embargó una sensación curiosa, una suerte de inferioridad placentera que suelo experimentar frente a las mujeres excesivamente bellas.

Con una parsimonia exasperante, como si el retraso la tuviera sin cuidado, se acercó a preguntarme en qué piso se encontraba el fotógrafo. Seguramente me confundió con el portero.

–Es aquí –le dije–. Está usted frente a la puerta. –Abrí el cerrojo y, en un gesto exaltado que ella no pudo adivinar, encendí todos los reflectores, como cuando en un salón de baile hace su aparición un miembro de la realeza. En cuanto estuvo adentro se quitó el sombrero, su pelo negro y largo parecía una extensión de la lluvia. Como todos los clientes, me explicó que había conseguido una cita con el doctor Ruellan para que resolviera su problema.

«¿Cuál problema?», estuve a punto de preguntar. «Usted no tiene ninguno». Pero me abstuve. Era tan joven…, no quería turbarla y preferí hacer un comentario banal:

–No parece usted de París, ¿de dónde viene?

 –De Picardía –contestó ella con timidez, evitando el contacto con mi vista, como suelen hacer los pacientes. Solo que ahora, en vez de agradecerlo, esa actitud esquiva me desesperó. Hubiera dado cualquier cosa por seguir mirando durante la tarde entera ese párpado pesado y al mismo tiempo frágil y habría dado el doble por que esos ojos se fijaran en mí.

–¿Le gusta París? –pregunté yo, empleando un tono falsamente distraído.

–Sí, pero no podré quedarme mucho tiempo. En realidad he venido únicamente para la operación.

–París la atrapará, puede estar segura. Cuando menos lo imagine, se vendrá a vivir aquí.

La muchacha sonrió bajando la cabeza. –No lo creo. Quisiera volver cuanto antes a Pontoise, no me gustaría perder el año por esto.

La idea de que esa mujer viviera en otra ciudad bastó para deprimirme. Empecé a sentirme malhumorado. De manera repentina, quizás un poco brusca, interrumpí la charla para ir a buscar la película.

–Siéntese aquí –la apuré al regresar. Nunca en mi vida profesional había sido tan poco amable. La muchacha ocupó el banquillo y se echó el cabello hacia atrás poniendo sus rostro en evidencia.

–No sé si usted está enterada –le dije simulando compasión–, los resultados nunca son perfectos. Su ojo no será jamás igual al otro. ¿Se lo ha explicado el doctor?

Ella asintió en silencio.

–Pero también me dijo que los dos párpados quedarán a la misma altura. Para mí es suficiente.

Me disponía a enseñarle una serie de fotografías de operaciones sin éxito con el fin de desanimarla. Pensé en decirle que, de cualquier manera, quedaría con el sello inconfundible de los pacientes operados por el doctor Ruellan, esa tribu de mutantes. Sin embargo, no tuve el valor necesario. Sin decir una palabra, coloqué el telón de fondo blanco detrás de su cabeza, apuntando el reflector hacia sus ojos. En lugar de las tres tomas habituales disparé el obturador quince veces y habría seguido así hasta el anochecer si mi padre no hubiera llegado.

Al escuchar el cerrojo de la puerta, apagué los proyectores de luz. La joven se puso de pie y se acercó al mostrador para firmar un cheque donde leí su nombre en letra de colegiala.

–Deséeme suerte –dijo–. Nos veremos dentro de dos meses.

No puedo describir el abatimiento en el que caí esa tarde. Revelé las fotos de inmediato; metí las más convencionales en un sobre con el sello del hospital y conservé la que me pareció mejor lograda en el cajón de mi escritorio: una toma de frente, soñadora y obscena.

Mis esfuerzos por olvidarla resultaron inútiles. Durante tres meses esperé con auténtico terror a que viniera por la segunda serie, de ninguna manera quería estar presente. Cada lunes echaba un vistazo a la agenda de mi padre para saber en qué momento ausentarme. Pero ella nunca vino.

Una tarde, a principios del verano, mientras caminaba por los muelles en busca de algún párpado interesante, volví a verla. El cauce del Sena estaba sereno en esos días; las piedras reflejaban su color verde oscuro y su vaivén oscilante. Ella también iba mirando el río, de modo que por poco chocamos de frente. Para mi gran sorpresa, sus ojos seguían siendo los mismos. La saludé con cortesía, haciendo lo imposible por ocultar mi júbilo, pero al cabo de unos minutos no aguanté más:

–¿Cambió de opinión? –pregunté–, ¿decidió no operarse?

–El doctor tuvo un impedimento y fue necesario aplazar la fecha hasta el fin del año escolar. Mañana ingreso en el hospital. Como no tengo familia en la ciudad, permaneceré internada tres días.

–¿Cómo van sus estudios?

–La semana pasada presenté el examen de la Sorbona –respondió sonriendo–. Quisiera mudarme a París.

Parecía contenta. En su mirada advertí esa expresión de esperanza que suelen tener los pacientes en vísperas de cirugía y que otorga a los rostros más deformes un aire de candor.

La invité a tomar un helado en la isla Saint-Louis. Una orquesta de jazz tocaba cerca y, aunque desde donde estábamos no era posible ver a los músicos, las notas se oían en el muelle como si emergieran del río. La luz del sol le teñía los párpados de naranja. Caminamos varias horas, a veces en silencio otras hablando de lo que sucedía durante el paseo; de la ciudad o del futuro que le esperaba en ella. De haber llevado la cámara tendría ahora alguna prueba, no solo de la mujer ideal sino también del día más alegre de mi vida.

Al anochecer la acompañé al hotel donde se hospedaba, una pocilga cerca de Bonne Nouvelle. Pasamos la noche juntos en una cama decrépita, en peligro constante de irse al suelo. Una vez desnudos, los veinte años de diferencia que había entre nosotros se hicieron más evidentes. Le besé los párpados una y otra vez y, cuando me cansé de hacerlo, le pedí que no cerrara los ojos para seguir disfrutando de esos tres milímetros suplementarios de párpado, esos tres milímetros de voluptuosidad desquiciante. Desde el primer abrazo hasta el momento en que, agotado, apagué la lamparita de noche, sentí la necesidad de convencerla. Entonces, sin ningún tipo de pudor o inhibiciones, le rogué que no se operara, que se quedara conmigo, así, como era en ese momento. Pero ella pensó que se trataba de una cursilería, una de esas mentiras exaltadas que se dicen en circunstancias como esa.

Prácticamente no dormimos esa noche. ¡Si el doctor Ruellan lo hubiera sabido! Él, que siempre exige a sus pacientes el más absoluto reposo en vísperas de una cirugía. Llegó al pabellón preoperatorio con unas ojeras que la hacían verse mayor y también más hermosa. Le prometí acompañarla hasta el último momento y después, cuando se recuperara de la anestesia, venir a verla de inmediato. Pero no me fue posible: en cuanto la enfermera entró al cuarto para llevársela al quirófano me escapé reptando hasta el elevador.

Salí del hospital hecho añicos, como quien acaba de encarar una derrota. Pensé tanto en ella al día siguiente. La imaginé despertando sola, en ese cuarto hostil con olor a desinfectante. Hubiera deseado poder estar ahí acompañándola y lo habría hecho de no haber habido tanto en juego: mis recuerdos, mis imágenes de esos ojos que, de haberlos visto después, idénticos a los de todos los pacientes del doctor Ruellan, habrían desaparecido de mi memoria.

Algunas tardes, sobre todo en los periodos austeros en que la clientela no ofrece ninguna satisfacción, pongo su fotografía sobre mi escritorio y la miro unos minutos. Al hacerlo me invade una suerte de asfixia y un odio infinito hacia nuestro benefactor, como si de alguna forma su escalpelo también me hubiera mutilado. No he vuelto a salir con la cámara desde entonces, los muelles del Sena no me prometen ya ningún misterio.

viernes, 20 de abril de 2018

Revista Tierra Adentro núm. 227 - Distopías contemporáneas





El número 227 de la revista Tierra Adentro dedicado a las utopías y distopías incluye el cuento ganador del Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 2017, «Una mujer solitaria», de Atenea Cruz.


La revista está a la venta en Librerías EDUCAL.



REVISTA TIERRA ADENTRO NÚM. 227

Distopías contemporáneas
Marzo-abril de 2018
80 pp.

Las utopías y distopías ficcionales (sin importar su medio) son ejercicios creativos que nos permiten acceder a futuros posibles, hasta cierto punto ajenos a la realidad que vivimos; sin embargo, «nuestras imaginaciones», escribe Fredric Jameson en Arqueologías del futuro (2005), «son rehenes de nuestro modo de producción», de los contextos socioeconómicos en los que esas obras son creadas. Es decir, las distopías que somos capaces de imaginar no pueden ir mucho más allá, aunque queramos suponer lo contrario, de nuestras realidades materiales y cotidianas.
En ese tenor, en Tierra Adentro invitamos a expertos de diversas áreas del conocimiento (economía, urbanismo, cibernética, biología y literatura) a explorar y recorrer las distopías que, lejos de esperarnos en un futuro posible y probable, ya se encuentran enraizadas en el mundo en el que vivimos.
Acompañando nuestro dossier, incluimos en este número un ensayo para recordar al recién fallecido antipoeta Nicanor Parra (de la mano del autor chileno Rafael Gumucio), una crónica de Rodrigo Jardón que nos sumerge en las comunidades mixtecas en California, así como una muestra de la obra poética de Canek Zapata, entre otros.
Entre pesadumbre y desasosiego, pero también con un poquito de esperanza, proponemos pensar y repensar las distopías contemporáneas de las que parece que no podemos escapar.



jueves, 19 de abril de 2018

Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes Saavedra






Veneración por la locura

La locura, a veces, no es otra cosa que la razón
presentada bajo diferente forma.
Goethe


Hablar desde la locura permite describirla, conocerla mejor. Para Don Quijote la vida no era suficiente, de ahí que fueran necesarias toda clase de invenciones. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, novela del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra, fue publicada en 1605. Es una obra dialógica que refleja dos formas de ver la realidad y que coinciden en la fuga de la existencia. Fue escrita en un contexto histórico complejo y una época en que la locura, como concepto, aún no estaba definida, pero sí asociada completamente con la melancolía y diferenciada de la necedad y la idiotez. 
          Don Quijote transforma lo que ve con su mirada e imaginación. Realiza una mímesis de la realidad con historia, literatura y poesía.
Ésta es una gran obra de belleza lírica en la que Cervantes hace gala de un increíble manejo del lenguaje e ingenio: el registro idiomático caballeresco de Don Quijote, el vulgar o coloquial usado por Sancho y el culto, usado también por Don Quijote, pero en sus reflexivos discursos; la creación de topónimos y antropónimos.
Cervantes era consciente de que el lenguaje está vivo y en constante transformación e incluso explica, sobre el uso de la palabra erutar, que importa poco si algunos no entienden el término, «que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso».
El autor confunde al lector, lo despista a través de una ambigüedad constante, muestra una capacidad discursiva impresionante, un arsenal retórico que reúne anacronías o juegos con la temporalidad que devienen en la fragmentación-interrupción del relato. La metaliteratura, metaficcionalidad e intertextualidad afloran junto con la riqueza verbal, el folclor y una variación de registros lingüísticos utilizada por primera vez, lo que da como resultado una comedia infinitamente profunda.






En la Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, publicada en 1615 tras la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda, Don Quijote ya no es valiente, sino temerario. Intercambia su papel con Sancho Panza y el engaño de Cervantes hacia el lector es claro desde los epígrafes. Es mucho más dialógica, y el discurso de Sancho se eleva. La crueldad y las humillaciones hacia don Quijote crecen, y esto es lo que probablemente lo sustrae de su ficción y lo orilla hacia la aciaga cordura, lo que también influye en aumentar su melancolía y discreción y disminuir su cólera.
Si bien el narrador afirma en el capítulo 44 que «Los sucesos de don Quijote o se han de celebrar con admiración o con risa», todo indica una comicidad a costa de la dignidad del personaje. Esta triste figura termina aceptando que estuvo en un error durante sus últimos años y abraza la áspera objetividad como despedida. 
En ambas obras, el narrador es un actante que crea vínculos infinitos, y los personajes tienen una profundidad psicológica que acusa grandes transformaciones, lo que contribuye a difuminar el límite entre cordura y locura. Esta polifonía presenta varios puntos de vista, reflexiones y juicios con fines anecdóticos.
El mal de don Quijote era «el más estraño género de locura que podía caber en pensamiento disparatado», y sus momentos de lucidez no son de cordura, a diferencia del caso de Cardenio, en quien la locura sí es «temporal», pero en ellos «discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo; de manera que como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento». El mejor ejemplo de lo anterior es su discurso sobre la poesía, tan placentero como elocuente. Disertaciones de otros personajes son igual de memorables, como el de Marcela sobre la libertad femenina respecto a los hombres y el matrimonio.






En esta obra, Cervantes muestra que el libro es un objeto preciadísimo que, sin embargo, termina en la hoguera (mientras otros dejan claro que los libros son un mero entretenimiento, algunos, como el ventero, prefieren ver arder a un hijo que a un libro), y algo similar ocurre con la gran inventiva y emotividad de don Quijote. A fuerza de hacerlo entrar en razón, sus compañeros reducen a bufonadas su capacidad inventiva.
Influenciado tanto por los libros de caballería como por el teatro y la lírica, Cervantes parodia, imita arbitrariamente a los clásicos y demuestra que sólo los lectores de novelas de caballería (o, en general, los amantes de la literatura) podrán comprender la «locura» de don Quijote. La vesania, la ficción y la rivalidad de la vida y el arte son los principales tópicos de las diversas tensiones narrativas de esta obra, germen de la novela moderna.

La versión digital de la edición dirigida por Francisco Rico está disponible en línea en la página del Instituto Cervantes.

sábado, 31 de marzo de 2018

Si me necesitas, llámame - Raymond Carver (cuento)

Raymond Carver, 1984. © Marion Ettlinger



Si me necesitas, llámame (Anagrama, 2001) es un libro de cuento póstumo de Raymond Carver (escritor estadounidense, 1938-1988). Este relato homónimo es uno de los mejores de la colección.




Si me necesitas, llámame


Los dos habíamos estado involucrados con otras personas esa primavera, pero cuando llegó junio y terminaron las clases decidimos poner en alquiler nuestra casa en Palo Alto y trasladarnos a la costa más al norte de California. Nuestro hijo, Richard, pasaría el verano en casa de la madre de Nancy, en Pasco, Washington, donde podría trabajar y ahorrar algo de dinero para la universidad. Ella estaba al tanto de la situación en casa y ya estaba buscándole un empleo por la temporada. Había hablado con un granjero que aceptó tomar a Richard para que juntara heno y arreglara alambrados. Un trabajo duro, pero Richard estaba conforme. Lo llevé a la terminal el día después de su graduación y me senté con él hasta que anunciaron su ómnibus. Su madre ya lo había despedido llorando y le había dado una larga carta que él debía entregar a la abuela en cuanto llegara. Prefirió quedarse terminando las valijas y esperando a la pareja que alquilaría nuestra casa. Yo compré el pasaje de Richard, se lo di y me senté a su lado en uno de los bancos de la terminal. En el viaje hasta allá habíamos hablado un poco de la situación.
–¿Van a divorciarse? –había preguntado él.
–No, si podemos evitarlo –le contesté. Era un sábado por la mañana y había poco tránsito–. Ninguno de los dos quiere llegar a eso. Por eso nos vamos; por eso no queremos ver a nadie durante el verano. Y por eso te enviamos con la abuela. Para no mencionar el hecho de que volverás con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos y tratar de solucionar las cosas.
–¿Aún amas a mamá? Ella dice que te sigue queriendo.
–Por supuesto que la amo. Deberías saberlo a esta altura. Sólo que hemos tenido nuestra cuota de problemas, y necesitamos un poco de tiempo juntos, a solas. No te preocupes. Disfruta el verano y trabaja y ahorra un poco de dinero. Considéralo unas vacaciones de nosotros. Y trata de pescar. Hay muy buena pesca por allá.
–Y esquí acuático. Quiero aprender.
–Nunca hice esquí acuático. Haz un poco de eso también. Hazlo por mí.
Cuando anunciaron su ómnibus lo abracé y volví a decirle:
–No te preocupes. ¿Dónde está tu pasaje?
Él se palmeó el bolsillo de su campera. Lo acompañé hasta la fila frente al ómnibus, volví a abrazarlo y le di un beso en la mejilla. Adiós, papá, dijo él y me dio la espalda para que no viera sus lágrimas.
Al volver a casa, nuestras valijas y cajas estaban junto a la puerta. Nancy estaba en la cocina tomando café con los inquilinos, una joven pareja de estudiantes de posgrado de matemática, a quienes había visto por primera vez en mi vida pocos días antes, pero igual les di la mano a ambos y acepté una taza de café de Nancy mientras ella terminaba con la lista de indicaciones de lo que ellos debían hacer en la casa en nuestra ausencia y adónde debían enviarnos el correo. Su cara estaba tensa. La luz del sol avanzaba sobre la mesa a medida que pasaban los minutos. Finalmente todo pareció quedar en orden, y los dejé en la cocina para dedicarme a cargar nuestro equipaje en el coche. La casa a la que íbamos estaba completamente amueblada, hasta los utensilios de cocina, así que no necesitábamos llevar más que lo esencial.
Había hecho los quinientos kilómetros desde Palo Alto hasta Eureka tres semanas antes, y alquilado entonces la casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con la que estaba saliendo. Nos quedamos en un motel a las puertas del pueblo durante tres noches, mientras recorría inmobiliarias y revisaba los clasificados. Ella me vio firmar el cheque por los tres meses de alquiler. Más tarde, en el motel, tirada en la cama con la mano en la frente, me dijo: “Envidio a tu esposa. Cuando hablan de la otra mujer, siempre dicen que es la esposa quien tiene los privilegios y el poder real, pero nunca me lo creí ni me importó. Ahora, en cambio, entiendo qué quieren decir. Y envidio a Nancy. Envidio la vida que tendrá a tu lado. Ojalá fuera yo la que va a estar contigo en esa casa todo el verano. Cómo me gustaría. Me siento tan gastada”. Yo me limité a acariciarle el pelo.
Nancy era alta, de pelo y ojos castaños, de piernas largas y espíritu generoso. Pero últimamente venía baja de espíritu y de generosidad. El hombre con el que estaba viéndose era colega mío, un divorciado de eterno traje con chaleco y pelo canoso, que bebía demasiado y a quien a veces le temblaban un poco las manos durante sus clases, según me contaron algunos de mis alumnos. Él y Nancy habían iniciado su romance en una fiesta, poco después de que ella descubriera mi infidelidad. Suena aburrido y cursi; es aburrido y cursi, pero así fue toda aquella primavera, nos consumió las energías y la concentración al punto de excluir todo lo demás. hasta que, en algún momento de abril, comenzamos a hacer planes para alquilar la casa e irnos todo el verano, los dos solos, a tratar de reparar lo que hubiera para reparar, si es que había algo. Los dos nos habíamos comprometido a no llamar, ni escribir, ni intentar el menor contacto con nuestros amantes. Hicimos los arreglos para Richard, encontramos los inquilinos para nuestra casa y yo miré en un mapa y enfilé hacia el norte desde San Francisco hasta Eureka, donde una inmobiliaria me encontró una casa amueblada en alquiler por el verano para una respetable pareja de mediana edad. Creo que incluso usé la expresión “segunda luna de miel”, Dios me perdone, mientras Susan fumaba y leía folletos turísticos en el auto estacionado fuera de la inmobiliaria.
Terminé de cargar las cosas en el coche y esperé que Nancy se despidiera por última vez en el porche. Yo saludé desde mi asiento y los inquilinos me devolvieron el saludo. Nancy se sentó y cerró su puerta. “Vamos”, dijo y yo arranqué. Al entrar en la autopista vimos un coche con el escape suelto y arrancando chispas del pavimento. “Mira”, dijo Nancy y esperamos hasta que el coche se salió de la autopista y frenó, antes de seguir viaje.
Paramos en un café cerca de Sebastopol. Estacioné y nos sentamos a una mesa frente a la ventana del fondo. Pedimos sandwiches y café, yo encendí un cigarrillo mientras Nancy deslizaba el dedo por las vetas de la madera de la mesa. Entonces noté un movimiento por la ventana y al mirar en esa dirección vi un colibrí en los arbustos allá afuera. Sus alas vibraban en un borroso frenesí mientras su pico se internaba en una de las flores.
–Mira, un colibrí –dije, pero antes de que Nancy levantara la cabeza el pájaro ya no estaba.
–¿Dónde? No veo nada.
–Estaba ahí hasta hace un momento. Ahí está. No; es otro, creo.
Nos quedamos mirando hasta que la camarera trajo nuestro pedido.
–Buena señal –dije–. Los colibríes traen suerte, ¿no?
–Creo haberlo oído en alguna parte –dijo Nancy–. No podría decir dónde pero sí, no nos vendría mal un poco de suerte.
–Una buena señal. Me alegro de que hayamos parado aquí.
Ella asintió, dejó pasar un largo minuto y probó su sandwich.
Llegamos a Eureka antes del anochecer. Pasamos el motel en la ruta donde había estado con Susan dos semanas antes, nos internamos por un camino que subía una colina que miraba al pueblo y pasamos frente a una estación de servicio y un almacén. Las llaves de la casa estaban en mi bolsillo. A nuestro alrededor sólo se veían colinas arboladas y praderas con ganado pastando.
–Me gusta –dijo Nancy–. No veo el momento de llegar.
–Estamos cerca –dije–. Es más allá de esa loma. Ahí –y enfilé el coche por un camino flanqueado de ligustros–. Ahí la tienes. ¿Qué opinas? Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando hicimos el mismo camino para ver la casa por primera vez.
–Me gusta; es perfecta. Bajemos.
Miramos a nuestro alrededor en el jardín del frente antes de subir los escalones del porche. Abrí la puerta con la llave que traía y encendí las luces adentro. Recorrimos los dos dormitorios, el baño, el living con muebles viejos y chimenea y la cocina con vista al valle. –¿Te parece bien?
–Me parece sencillamente maravillosa –dijo Nancy y sonrió–. Me alegra que la hayas en-contrado. Me alegra que estemos aquí. –Abrió y cerró la heladera, luego pasó los dedos por la mesada de la cocina. –Gracias a Dios está limpia. Ni siquiera hace falta una limpieza.
–Nada. Hasta nos pusieron sábanas limpias. La alquilan así.
–Tendremos que comprar algo de leña –dijo Nancy cuando volvimos al living–. Con noches así debemos usar la chimenea, ¿no?
–Mañana. Podemos hacer unas compras también. Y recorrer el pueblo.
Nancy me miró y dijo nuevamente:
–Me alegra que estemos aquí.
–A mí también –dije y abrí los brazos y ella vino hacia mí. Cuando la abracé sentí que temblaba. Le alcé el mentón y la besé en ambas mejillas.
–Me alegra que estemos aquí –repitió ella contra mi pecho.
Durante los días siguientes nos instalamos, recorrimos las calles del pueblo mirando vidrieras y dimos largos paseos por el bosque que se alzaba atrás de la casa. Compramos provisiones, yo encontré un aviso en el diario que ofrecía leña, llamé y poco después aparecieron dos muchachos de pelo largo en una camioneta que nos dejaron una carga de aliso en el garaje. Esa noche nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de conseguir un perro.
–No quiero un cachorro –dijo Nancy–. No quiero nada que implique ir limpiando a su paso o rescatando lo que quiere mordisquear. Pero me gustaría un perro. Hace tanto que no tenemos uno… Creo que podríamos arreglarnos con un perro aquí.
–¿Y cuando volvamos, cuando termine el verano? –dije yo y entonces reformulé la pregunta: –¿Estás dispuesta a tener un perro en la ciudad?
–Ya veremos. Pero busquemos uno, mientras tanto. No sé lo que quiero hasta que lo veo. Revisemos los clasificados y veamos qué pasa.
Aunque los días siguientes seguimos hablando de perros y hasta señalando los que nos gustaban frente a las casas por las cuales pasábamos, no llegamos a nada y seguimos sin perro. Nancy llamó a su madre y le dio nuestra dirección y teléfono. Richard ya estaba trabajando y parecía contento, dijo la madre. Y ella se sentía bien. Nancy le contestó:
–Nosotros también. Esto es como una cura.
Un día íbamos por la ruta frente al océano y, desde una loma, vimos unas lagunas que formaban los médanos muy cerca del mar. Había gente pescando en la orilla y en un par de botes. Frené a un costado de la ruta y dije:
–Vamos a ver qué están pescando. Quizá valga la pena conseguirnos unas cañas y probar.
–Hace años que no vamos de pesca. Desde que Richard era chico, aquella vez que fuimos de campamento cerca del monte Shasta, ¿recuerdas?
–Me acuerdo. Y también me acuerdo de cuánto extraño pescar. Bajemos a ver qué están sacando.
–Truchas –dijo uno de los pescadores–. Trucha arcoiris y algún que otro salmón. Vienen en el invierno, cuando el mar horada los médanos. Y, con la primavera, cuando se cierra el paso, quedan atrapados. Es buena época, ésta. Hoy no pesqué nada pero el domingo saqué cuatro. De lo más sabrosos. Dan una batalla tremenda. Los de los botes creo que sacaron algo hoy, pero yo todavía no.
–¿Qué usan de carnada? –preguntó Nancy.
–Lo que sea. Lombrices, marlo de choclo, huevos de salmón. Basta tirar la línea y dejarla reposar hasta el fondo. Y estar atento.
Nos quedamos un rato pero el hombre no sacó nada y los de los botes tampoco. Sólo iban y venían por la laguna.
–Gracias. Y suerte –dije al fin.
–Que tengan suerte ustedes también. Los dos –contestó el hombre.
A la vuelta paramos en una casa de artículos deportivos y compramos unas cañas baratas, unos rollos de tanza y anzuelos y carnada. Sacamos unalicencia también y decidimos ir de pesca la mañana siguiente. Pero esa noche, después de la cena y de lavar los platos y poner unos leños en la chimenea, Nancy dijo que no iba a funcionar.
–¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres?
–No va a funcionar, enfrentémoslo –dijo ella sacudiendo la cabeza–. No quiero ir a pescar y no quiero un perro. Creo que quiero ir a lo de mi madre y estar con Richard. Sola. Quiero estar sola. Extraño a Richard -dijo y empezó a llorar–. Es mi hijo, es mi bebé, y está creciendo y pronto se irá. Y lo extraño. Lo extraño.
–¿También extrañas a Del, a Del Schraeder, tu amante? ¿Lo extrañas a él también?
–Extraño a todo el mundo. A ti también. Hace mucho que te extraño. Te he extrañado tanto durante tanto tiempo que te he perdido. No sé cómo explicarlo mejor. Pero sé que te perdí. Ya no me perteneces.
–Nancy –dije yo.
–No, no –dijo ella y negó con la cabeza. Sentada en el sofá de frente al fuego siguió negando y negando y luego dijo: –Voy a tomar un avión para allá mañana. Cuando me haya ido puedes llamar a tu amante.
–No voy a hacer eso. No tengo la menor intención de hacer eso.
–Sí, lo harás. Vas a llamarla en cuanto me haya ido.
–Y tú vas a llamar a Del –dije. Y me sentí una basura por decirlo.
–Haz lo que quieras –dijo ella secándose las lágrimas con la manga–. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica, pero me iré mañana. Mejor me iré a acostar ahora; estoy exhausta. Lo lamento. Lo lamento mucho, por los dos. Pero no vamos a lograrlo. Ese pescador, hoy. Nos deseó suerte a los dos. Yo también nos deseo suerte. Vamos a necesitarla.
Entonces se encerró en el baño y dejó correr el agua. Yo salí a los escalones del porche y me senté a fumar un cigarrillo. Estaba oscuro y silencioso, apenas se veían las estrellas en el cielo. Jirones de niebla del océano ocultaban el valle y el pueblo allá abajo. Me puse a pensar en Susan. Oí que Nancy salía del baño y oí que se cerraba la puerta del dormitorio. Entonces entré y puse otro leño en la chimenea y esperé hasta que se avivara el fuego. Luego fui al otro dormitorio. Abrí la colcha y me quedé mirando el estampado floral de las sábanas. Me di una ducha, me puse el pijama y volví frente a la chimenea. La niebla ya llegaba a las ventanas del living. Fumé mirando el fuego y, cuando volví a mirar por la ventana, creí ver algo que se movía en la niebla.
Me acerqué a la ventana. Un caballo estaba pastando en el jardín, entre la niebla. Alzó la cabeza para mirarme y volvió a su tarea. Vi otro cerca del auto. Encendí la luz del porche y me quedé mirándolos. Eran caballos grandes, blancos, de largas crines, seguramente de alguna granja de los alrededores con algún alambrado caído y vaya a saberse cómo habían llegado hasta nuestra casa. Parecían estar disfrutando inmensamente su escapada. Pero se los notaba un poco nerviosos también: podía verles el blanco de los ojos desde la ventana. Sus orejas iban y venían al ritmo de sus mordiscos. Un tercer caballo apareció entonces y luego un cuarto, todos blancos, pastando en nuestro jardín.
Fui al dormitorio a despertar a Nancy. Tenía los ojos enrojecidos y los párpados hinchados, y se había puesto ruleros y había una valija abierta a los pies de la cama.
–Nancy, tienes que venir a ver esto. No vas a creerlo. Vamos, levántate.
–¿Qué pasa? Me estás lastimando. Qué pasa.
–Querida, tienes que ver esto. No voy a lastimarte. Perdona si te asusté. Pero tienes que levantarte y venir a ver esto.
Pocos minutos después estaba a mi lado en la ventana, atándose la bata.
–Dios, son hermosos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son.
–De alguna granja vecina, supongo. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. Pero quería que los vieras antes.
–¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél, el que acaba de mirarnos. –No creo que muerdan. No parecen esa clase de caballos. Pero ponte algo encima si vamos a salir. Hace frío afuera.
Me puse la campera encima del pijama y esperé a Nancy. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. Todos levantaron sus cabezas. Uno resopló y retrocedió unos pasos, pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Nancy estaba acariciando las crines de otro, mientras murmuraba: “¿De dónde vienes, caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?”, mientras el animal movía su cabeza como si entendiera.
–Será mejor que llame al sheriff –dije.
–Todavía no. Un rato más. Nunca veremos algo igual. Nunca, nunca tendremos caballos en nuestro jardín. Un rato más, Dan.
Poco después, mientras Nancy seguía yendo de uno a otro, palmeándolos y acariciándolos, uno de los caballos comenzó a rumbear hacia la ruta, más allá de nuestro auto y supe que era momento de llamar.
En pocos minutos vimos las luces de dos patrulleros en la niebla y poco después llegó una camioneta con un acoplado para caballos, de la que bajó un tipo con gamulán, que se acercó a los caballos y necesitó un lazo para lograr que entrara el último en el acoplado.
–¡No le haga daño! –dijo Nancy.
Cuando se fueron volvimos al living y yo dije que iba a hacer café y pregunté a Nancy si quería una taza.
–Te diré lo que quiero –dijo ella–. Me siento bien, Dan. Me siento como borracha, como… No sé cómo, pero me gusta. No quiero dormir; no podría dormir. Haz un poco de café y a ver si encuentras algo de música en la radio y puedes avivar el fuego.
Así que nos sentamos frente a la chimenea y bebimos café y escuchamos viejas canciones por la radio y hablamos de Richard y de la madre de Nancy y bailamos. Ninguno aludió en ningún momento a nuestra situación. La niebla seguía allí, detrás de las ventanas, mientras hablábamos y éramos gentiles el uno con el otro. Hasta que, cerca del amanecer, apagué la radio y nos fuimos a la cama e hicimos el amor.
Al mediodía siguiente, luego de que ella terminara su valija, la llevé al aeródromo desde donde volaría a Portland y de allí haría el trasbordo que la dejaría en Pasco por la noche.
–Saluda a tu madre de mi parte. Y dale un abrazo a Richard. Y dile que lo extraño. Y que lo quiero.
–Él también te quiere. Lo sabes. En cual-quier caso, lo verás después del verano. –Yo asentí. –Adiós –dijo ella. Y me abrazó. Yo le devolví el abrazo–. Me alegro por anoche. Los caballos. La charla. Todo. Ayuda. No lo olvidaremos –y empezó a llorar.
–Escríbeme, ¿quieres? –dije yo–. Nunca pensé que fuera a pasarnos. En todos estos años. Nunca lo pensé. Ni un sola vez. No a nosotros.
–Te escribiré. Mucho. Las cartas más largas que hayas visto desde las que me enviabas en el secundario.
–Las estaré esperando.
Ella me miró largamente y me acarició la cara. Entonces me dio la espalda y se alejó por la pista rumbo al avión.
Ve, mi más querida, y que Dios esté contigo.
Ella abordó el avión y yo me mantuve en mi lugar hasta que se encendieron los motores y la nave empezó a carretear por la pista y despegó sobre la bahía y se convirtió en una mancha en el horizonte.
Volví a la casa, estacioné el coche y miré las huellas que habían dejado los caballos la noche anterior, los trozos de pasto arrancado y las marcas de herraduras y los montones de bosta aquí y allá. Entonces entré en la casa y, sin sacarme el saco siquiera, levanté el teléfono y marqué el número de Susan.

jueves, 29 de marzo de 2018

Revista Shandy - Meticulosidades varias





La revista digital Shandy está de vuelta, y en el recién publicado no. 10, Edición Flatulencias (Primavera 2018). Un homenaje a la Sociedad Gaseosa, colaboro con «Meticulosidades varias», un texto en el que conviven James Joyce, Humberto Eco, el Marqués de Sade y Le Pétomane.

El índice de este número tiene autores recomendadísimos, por cierto.

Pueden encontrar número anteriores en su página en Issuu.




                           


EDICIÓN FLATULENCIAS

Por Señor Shandy

Hace unos años cometí un error imperdonable. Le conté a Padre que las flatulencias, según un estudio realizado por científicos de la University of Exeter Medical School, en el Reino Unido, tenían la capacidad de proteger y curar células deterioradas, con lo cual se podía, incluso, prevenir infartos y enfermedades como el cáncer, la artritis y la demencia. Desaté un titán con esa pequeña charla dominical. Desde la publicación de aquella nota, allá por el 2014, hasta la fecha, la casa de mis viejos ha sido una cámara de gases. El hombre, cada vez que suelta una bomba fétida, baila y sonríe descaradamente porque, dice, es tan saludable como comer ensaladas y hacer una hora de ejercicio diariamente. Esto último lo ha inventado él porque equipara la vida sana con la alcantarilla de su trasero. La nariz de madre es la más lastimada porque nunca puede huir a toda velocidad como yo cuando truena el cielo de mierda. Mi vieja, que por lo regular está sentada en la estancia viendo sus series de narcos en Netflix, termina por experimentar las peores consecuencias lovecraftianas.
Hace unos meses, mientras deliberaba sobre el tema de resurrección de Shandy, recibí el llamado natural del metano. Desde la estancia llegaba una idea con olor a azufre y mantequilla podrida. Mi viejo hacía su famoso Yoga Digestivo (cuando tiene malestar estomacal, es decir, casi siempre, asume una posición alarmantemente bélica: pecho y cabeza al piso, mientras acomoda las nalgas en forma de cañón para que sus flatulencias alcancen mayor terreno en su dispersión) y tuve que poner pies en polvorosa. Allá en la banqueta, domeñado por arcadas, de rodillas, a punto de vomitar sobre un periódico viejo que tenía titulares bastante extraños, tuve una epifanía: ¿Seré el único atormentado por nubes malignas de metano? No. Seguro que no. El mundo mismo ya es maltratado por la modernidad líquida, sino por una nube gaseosa que no tiene forma pero que abarca un inmenso espectro. Podemos definir el insufrible olor de la putrefacción que nos rodea, pero no hallamos el misterioso origen, el epicentro de la mierda que todo lo reina. Ya adoptamos sin chistar el viejo motivo hamletiano: sabemos qué algo se pudre en Dinamarca, pero no sabemos qué. Convoqué a amigos, escritores, estudiantes, artistas y hasta un médico para responderlo en esta décima edición de la revista. Me parece que es un tema apropiado para el retorno de Shandy porque el proyecto renace ahora en estos tiempos mucho más inasibles que el líquido. Regresa ahora en la escurridiza era gaseosa. Esto fue lo que respondieron los shandys.

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METICULOSIDADES VARIAS


La razón principal que hace repulsivas a las flatulencias es el mal olor que las acompaña (causado por su porcentaje mínimo de azufre), a pesar de ser una reacción natural del organismo. La cantidad —considerable— producida diariamente por el sistema digestivo de un ser humano aumenta drásticamente con una dieta rica en sulfuro o por la ingesta de aire, y su sonido particular depende de las vibraciones creadas en el recto según la presión con la que sea expulsada, así como de la tensión de los músculos del esfínter. Aunque retener los gases podría ser dañino para la salud, en Occidente las normas de urbanidad suelen reprobar el acto de expeler ventosidades en público, pues es considerado indecoroso. (Texto completo en Shandy)